
Autor: Helga Schneider.Nació en Polonia en 1937 y se trasladó luego con su familia a Berlín, donde pasaron los años de la guerra. La familia se deshizo cuando la madre abandonó el hogar para ingresar en las filas de las SS. El padre contrajo segundas nupcias poco después y Helga, tras vivir su juventud en Austria, se instaló en Bolonia, donde conoció a su marido y tuvo a su hijo. Desde entonces, Italia se convirtió en su patria y el italiano en su lengua adoptiva. "No hay cielo sobre Berlín", publicado por la editorial Adelphi en 1995, mereció el Premio Rapallo-Carige y el favor de miles de lectores. Los testimonios autobiográficos de Schneider -entre los cuales destaca "Déjame ir, madre", editado por SALAMANDRA en 2002- han sido publicados en numerosos idiomas, obteniendo un amplísimo eco de crítica y ventas.
Descripción: Barcelona : Salamandra, 2005. - 251 p. ; 22 cm Argumento: Autora de "Déjame ir, madre" —el conmovedor intento de una mujer por reconciliarse con su anciana madre a pesar del abismo ideológico que las separa—, Helga Schneider narra en este libro su primer ajuste de cuentas con la memoria, abordando con inusitada candidez los horrores de una infancia robada.
Víctima de un triple abandono —madre, padre y madrastra, que rápida y sucesivamente desaparecen de su vida—, la pequeña Helga sobrevive en Berlín, una ciudad que, convertida en una inmensa hoguera por los bombardeos aliados a finales de la guerra, es el escenario de esta crónica de la locura vista por los ojos de una niña, unos ojos lúcidos que no olvidan la violencia física y psicológica de aquella realidad incomprensible. A la forzosa convivencia en el sótano con los vecinos del edificio, agravada por la oscuridad, el frío y la escasez de alimentos, se suma la continua disputa por la supervivencia, el agotamiento, la enfermedad y la presencia constante de la muerte. Y como cruel ironía del destino, la visita fortuita al búnker de Hitler, a quien Helga recuerda como un ser avejentado, tembloroso, de una mediocridad decepcionante.
"No hay cielo sobre Berlín" es una lectura apasionante que transmite toda la fuerza y la valentía de una niña, Helga, la misma que en su madurez regresa con pulso firme a su pasado más doloroso y lo expone abiertamente, sin censuras, pero también sin recrearse en el dramatismo, para contribuir con su testimonio a la construcción de la memoria reciente de la humanidad.
Víctima de un triple abandono —madre, padre y madrastra, que rápida y sucesivamente desaparecen de su vida—, la pequeña Helga sobrevive en Berlín, una ciudad que, convertida en una inmensa hoguera por los bombardeos aliados a finales de la guerra, es el escenario de esta crónica de la locura vista por los ojos de una niña, unos ojos lúcidos que no olvidan la violencia física y psicológica de aquella realidad incomprensible. A la forzosa convivencia en el sótano con los vecinos del edificio, agravada por la oscuridad, el frío y la escasez de alimentos, se suma la continua disputa por la supervivencia, el agotamiento, la enfermedad y la presencia constante de la muerte. Y como cruel ironía del destino, la visita fortuita al búnker de Hitler, a quien Helga recuerda como un ser avejentado, tembloroso, de una mediocridad decepcionante.
"No hay cielo sobre Berlín" es una lectura apasionante que transmite toda la fuerza y la valentía de una niña, Helga, la misma que en su madurez regresa con pulso firme a su pasado más doloroso y lo expone abiertamente, sin censuras, pero también sin recrearse en el dramatismo, para contribuir con su testimonio a la construcción de la memoria reciente de la humanidad.
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ENCUENTRO 10 JULIO DE 2008
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»POESÍA QUE DIO COMIENZO AL ENCUENTRO:
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»POESÍA QUE DIO COMIENZO AL ENCUENTRO:
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No fue un poema las palabras que dieron comienzo a dicho encuentro, sino un fragmento del libro de Henry David Thoreau, titulado "Walden o la vida en los bosques", seleccionado por el compañero José Manuel:
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“…He aquí que la escarcha se retira del suelo; llega la primavera. Es augurio de la floración y del verdor que seguirán, al igual que la Mitología precede a la poesía común. No conozco nada más para purificarnos de los flatos y las indigestiones invernales. Y ello me confirma que la tierra está aún en sus principios y extiende sus dedos infantiles hacia todas partes. Renacen los cabellos en cráneos desnudos; nada hay que sea inorgánico. Los montones foliáceos se desparraman a lo largo del talud como escorias de una fundición, demostrando que la Naturaleza trabaja «a todo ritmo». La tierra no es sólo páginas de un libro hecho para que geólogos y anticuarios las estudien, sino que es poesía viva, al igual que las hojas de un árbol que preceden a las flores y los frutos; no es tierra fósil, sino tierra viva, de tal modo, que la vida animal y vegetal es simplemente parasitaria si la comparamos con su inmensa vida interior. Sus convulsiones levantarán algún día nuestros restos de sus tumbas. Mandad fundir vuestros metales e introducidos en los más bellos moldes que podáis encontrar, y jamás me conmoverán tanto como los formas que adopta esta tierra en fusión. Y no es tan sólo la tierra, sino sus instituciones, las que son maleables como la arcilla en manos del alfarero…”